Salto del Tequendama

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Nunca he creído en cuentos de fantasmas o maldiciones, pero admito que encuentro un especial atractivo en lugares con historias y leyendas particulares. Fue así como el Hotel Salto del Tequendama empezó a llamar mi atención. Protagonista de muchos artículos sobre emplazamientos  abandonados y malditos, y a muy pocos Kilómetros de Bogotá, me pareció el lugar ideal para escaparme un domingo a dar una vuelta.

Lo que realmente me sorprendió cuando llegamos fue que el paisaje en el que se localiza fuera tan espectacular. La tercera cascada de Sudamérica en altura (156 m) o Salto del Tequendama se encuentra bordeado por un cañón de paredes verticales entre cuyas rocas prolifera la vegetación local.

Como tantos otros lugares, esta caída de agua goza de mitología propia, que nos relata cómo la zona de la sabana bogotana fue castigada por un dios que provocó terribles inundaciones que llevaron a la pérdida de todos los cultivos y consecuentes hambrunas. Tras pedir ayuda a otro dios (Bochica), los habitantes fueron finalmente escuchados y éste descendió hasta el área donde se estaba produciendo el estancamiento de las aguas; con solo un golpe de su bastón de oro, las piedras que tapaban la salida del agua se separaron y es así como nació el Salto de Tequendama.

Este singular cuento hace contraposición con las numerosas historias de fantasmas que asustan a un  gran número de visitantes y tienen su origen en la mucha gente que ha decidido a lo largo de los años acabar sus días lanzándose desde lo alto de la cascada. Lo cierto es que cuando uno trata de asomarse al abismo para tomar la mejor foto se entiende porqué la elección de este lugar, resulta complicado acercarse mucho al borde sin cierta inseguridad y sin sujetarse a lo que haya más cerca.

Además de contemplar el sorprendente paisaje, hoy en día puede hacerse la visita del antiguo Hotel Salto del Tequendama. Esta vieja edificación se construyó con la intención de que fuera la estación de trenes que diera servicio a las vías, situadas a pocos metros, así lo testifican las dos taquillas que se encuentran en el ingreso. En 1928 sin embargo su papel cambia, pasando a ser un hotel de lujo durante 40 años, hasta que la compañía ferroviaria quiebra y se ven obligados a venderla, ese hecho hace que el edificio esté otros 10 años en funcionamiento, esta vez como restaurante, y tras eso es nuevamente abandonado, estado en el que se ve en la mayoría de las fotos que existen del edificio.  El clima del lugar hace que, la mayoría de los días, las nubes den un aspecto aún más sombrío al caserón, lo que inevitablemente ha ayudado a propagar todo tipo de cuentos sobre él.

La visita vale la pena, ya que el precio de la entrada es realmente bajo (gracias a ese dinero se está llevando a cabo la restauración) y existe la oportunidad de recorrer las partes transitables de la casa además de oír un pequeño relato sobre la misma. No sólo el interior, con detalles labrados a mano, es digno de ver, sino también la vista del Salto desde la terraza.

Aunque parezca increíble, este hotel, dispuso en 1950 de un mecanismo basado en poleas y unos rieles que facilitaba a los huéspedes el bajar al mismo río a bañarse. Hoy en día puede parecer temeraria la idea de descender el acantilado hasta el río, además del hecho que la contaminación no permite ya el baño, una verdadera lástima cuando vemos los montones de espuma consecuencia de los diversos residuos vertidos al río. Al contrario que a la gran mayoría de los bogotanos, a quienes he oído desprestigiar al Salto consecuencia de esta contaminación y la disminución de caudal con los años (debido a la presa posicionada antes de este tramo), yo no he quedado menos impactada por el lugar como fruto de este estado. He vuelto ya dos veces y para mí la cascada es uno de los lugares imprescindibles para visitar en Bogotá.

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