Rapa das bestas, Sabucedo

Seguro que muchos de vosotros habéis oído sobre esta fiesta más de una vez, posiblemente recordéis haber visto el reportaje en las noticias de algún canal, pero lo cierto es que esta fiesta, declarada de Interés Turístico Internacional, aún goza de pocos seguidores, puede sentirse un ambiente íntimo casi familiar en donde se acaba por conocer a los pocos protagonistas cuando concluye el fin de semana que duran.

Cuentan las tradiciones que en una época de plagas, se soltaron en el monte dos caballos como ofrenda a San Lorenzo para que les librara de tal enfermedad. Estos animales criaron y se mantuvieron en libertad. Pasados muchos años, existen en estado salvaje en dichos montes varias manadas de distintos dueños, así como una propia del Santo que cuenta con la peculiaridad de ser la única en la que se permite que haya sementales.

Una vez al año, coincidiendo con el primer fin de semana del mes de Julio se lleva a cabo la denominada Rapa das Bestas, un ritual en el que, en primer lugar, se baja a los caballos desde monte hasta la aldea y posteriormente se lleva  un número de ellos al “curro” (el recinto donde tiene lugar) cada uno de los días de la Rapa para que sean desparasitados y como el mismo nombre indica, rapados. Tiempo atrás la crin de caballo tenía numerosas aplicaciones, lo que no ocurre en estos tiempos, no por ello se ha dejado de celebrar esta fiesta.

Es bonito ver como las distintas generaciones de “aloitadores” representan sus papeles, los niños o jóvenes se ocupan de apartar a los potros de ese año en cuanto se encierra a los caballos en el curro, de esta manera se aseguran sus cuidados y el que no se les dañe durante la RSeguro que muchos de vosotros habéis oído sobre esta fiesta más de una vez, posiblemente recordéis haber visto el reportaje en las noticias de algún canal, pero lo cierto es que esta fiesta, declarada de Interés Turístico Internacional, aún goza de pocos seguidores, puede sentirse un ambiente íntimo casi familiar en donde se acaba por conocer a los pocos protagonistas cuando acaba el fin de semana que duran.

Cuentan las tradiciones que en una época de plagas, se soltaron en el monte dos caballos como ofrenda a San Lorenzo para que les librara de tal enfermedad. Estos animales criaron y se mantuvieron en libertad. Pasados muchos años, existen en estado salvaje en dichos montes varias manadas de distintos dueños, así como una manada propia del Santo que cuenta con la peculiaridad de ser la única en la que se permite que haya sementales.

Una vez al año, coincidiendo con el primer fin de semana del mes de Julio se lleva a cabo la denominada Rapa das Bestas, un ritual en el que, en primer lugar, se baja a los caballos desde monte hasta la aldea y posteriormente se lleva  un número de ellos al curro (el recinto donde tiene lugar) cada uno de los días de la Rapa para que sean desparasitados y como el mismo nombre indica, rapados. Antiguamente la crin de caballo tenía numerosas aplicaciones, lo que no ocurre en estos tiempos, no por ello se ha dejado de celebrar esta fiesta.

Es bonito ver como las distintas generaciones de “aloitadores” representan sus papeles, los niños o jóvenes se ocupan de apartar a los potros de ese año en cuanto se encierra a los caballos en el curro, de esta manera se aseguran sus cuidados y el que no se les dañe durante la Rapa. Los adultos en buena forma física (tanto hombres como algunas mujeres) son los que se encargan de inmovilizar al caballo, saltando uno de ellos sobre el lomo y ayudado por dos más que, una vez que el animal está acorralado, se encargan de sujetarle por un lado de la cabeza y por la cola; de esta forma el caballo acaba con un hombre a cada lado de su cabeza sujetándole (y tapándole la visión) y un tercero que sujeta la cola. En un caso ideal, la bestia se mantiene dócil y quieta, algo que en raros casos ocurre, la realidad es que los hay que se encabritan, que se lanzan contra la marea de caballos intentando escapar o que caen al suelo de tanto debatirse, lo que ocasiona más de una herida de guerra a los hombres. Es cuando el animal se está quieto, el momento en que interviene la tercera generación, que ya se ha ganado un lugar más tranquilo y corta las crines a la vez que desparasita al equino.

Todo este espectáculo ya de por sí fascinante tiene como telón de fondo en muchos casos peleas de los propios caballos por hacerse sitio, o enfrentamientos entre sementales que se encuentran de bruces.

Gracias a mi trabajo para una revista tuve la oportunidad, como se le da a los fotógrafos acreditados, de bajar bajo mi responsabilidad y tomar fotografías en el mismo curro. Si bien el tamaño de los caballos no es muy grande, ver como un corcel encabritado se dirige hacia donde estás dispara el miedo y la adrenalina hasta límites insospechados, pero resulta una experiencia irrepetible.

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No os perdáis esta lucha entre hombre y caballo tan increíble, un espectáculo digno de ver y más aún mientras siga conservando el encantador ambiente cercano que tiene. Y ya que estáis por esas tierras, no os olvidéis de disfrutar un buen pulpo o carne de la zona.

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