Y tú, ¿Quién quieres ser esta cuarentena?

Hoy la he escuchado desde mi casa. Era una señora, ni joven ni mayor, ni alta ni baja, ni guapa ni fea… poco en ella me hubiera hecho darme la vuelta de habernos cruzado por la calle; menos aún con esa mascarilla que todos llevamos estos días, y tapa prácticamente el rostro al completo. Ha sido otra cosa lo que me ha llamado la atención en ella. Sus gritos. Un vocerío e insultos desmedidos a un señor que conducía un coche y no le ha dado prioridad de paso en la calle. Un desencuentro que, posiblemente en otras circunstancias habría llevado a poco más que un “idiota” dicho con el tono ligeramente más alto de la cuenta.

Y es que estamos muy nerviosos, el que diga que no, o que no lo ha estado al menos un día en la cuarentena, se miente a sí mismo. ¿Y cómo evitarlo? A todos en mayor o menor medida ya nos ha afectado el coronavirus. A unos solo les ha retrasado la fecha de las vacaciones, a otros, los menos afortunados, les ha obligado a plantearse diariamente cómo van a llevar un plato de comida a la mesa. Lo que muchos sí tenemos en común es la privación de libertad; una clausura moderna que debemos respetar por el bien común y que, al menos en Bogotá, ya sabemos que alcanzará mínimo los dos meses con total certeza.

Son esas circunstancias las que inexorablemente están sacando a relucir lo que teníamos dentro y que tanto nos esforzábamos por controlar. Yo personalmente, distingo tres posturas destacables: El que hace saltar por los aires todo a su paso, aquel quien sólo busca que su vida sea lo más normal y tranquila posible, y por último, el que en esta situación trata de hacer la diferencia y ayudar al más desfavorecido.

A los primeros se les distingue a lo lejos; publican o comparten continuamente noticias que sostienen sus creencias morales o políticas; saltan en pie de guerra en cada ocasión y descargan su ira y frustración así sea contra la pared más cercana.

Marian Rojas Estapé, psiquiatra y escritora (y uno de mis referentes estos días para conservar la cordura), afirma no creer que haya personas tóxicas; pues hasta aquel a quien creemos el mismo diablo, comenta, tiene amigos y gente que lo aprecia. No llego a concordar al cien por cien en este punto. Sí hay personas tóxicas, tal vez no sean malas por naturaleza, y sin embargo logran impregnar de toxicidad, malestar y un ambiente nocivo, todo lo que tocan. Estos individuos, a falta de vías de escape para expresar su ansiedad, crean el caos, especialmente en grupos de wassap o redes sociales, pues al fin y al cabo, hoy en día están al alcance de todos.

Al segundo modelo que señalaba, no le dedico mucho tiempo. A mi manera de ver, lo único que pretenden es salir de esta tempestad con el menor daño posible para ellos o los suyos. Una postura que quizás no comparta en exceso, pero encuentro totalmente respetable.

Y por último están los ángeles. No los denomino así porque sean perfectos o seres místicos, sino porque en esta vorágine, se han parado a pensar un minuto, a observar el mundo, y han descubierto lo que todos debíamos saber: que siempre hay alguien que lo está pasando peor, que aunque nuestros problemas no sean en absoluto insignificantes, siempre se puede ayudar a alguien más. Son esos que cuidan de nosotros, aunque quizas no lo vemos.

He visto gestos estos días que humedecen los ojos al rememorarlos. He tenido a mi lado a hombres y mujeres que han elegido pensar en los demás en primer lugar, y decidir después qué consecuencias les traía ese gesto. Amigos, dueños de restaurantes que han abierto servicio de domicilios sólo para que sus trabajadores pudieran percibir un sueldo (gracias Pepe por devolverme la fe). Colegas, que sin saber si tendrán trabajo el mes que viene, dieron su sueldo a un compañero que lo necesitaba. Personas que siempre tienen un comentario positivo, no porque no vean la realidad claramente, sino porque deciden luchar igualmente, convencerse de que se puede salir de todo, y creer que pueden hacer la diferencia.

Todos, en días tan delicados como los que nos han precedido y los que seguirán, tenemos la ocasión de elegir a que grupo pertenecemos. Podemos ser la mujer que grita a pleno pulmón para descargar toda su ira acumulada, el individuo que busca un tema de conversación escabroso para poder verter su frustración sobre quien opine diverso, el que no es capaz de acercar unas manzanas a un paisano en el coche para que no tenga que tomar transporte público con los riesgos que eso implica… Pero de igual manera tenemos la oportunidad de ser un ángel de la guarda; escuchando a quien no puede más, haciendo la compra por los que no deben salir, ayudando en los pequeños (o grandes gestos) que estén al alcance de nuestra mano.

Y tú ¿Quién quieres ser?

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